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La vocación, esa Palabra que con sangre adquiere un pueblo para Dios.

“tened cuidado de vosotros y de toda la grey, en medio de la cual os ha puesto el Espíritu Santo como vigilantes para pastorear la Iglesia de Dios, que él se adquirió con la sangre de su propio hijo”. Hch 20, 28.

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San Pablo nos dice que la Iglesia le pertenece a Dios: que él se adquirió con la sangre de su propio hijo. Por el poder de la Sangre de Cristo los hombres alcanzan el perdón y la santificación. Pero no solo eso, sino que vuelven a entrar en comunión con el Padre.

Es necesario educar y favorecer en nuestros pueblos todos los gestos, obras y caminos de reconciliación y amistad social, de cooperación e integración. La comunión alcanzada en la sangre reconciliadora de Cristo nos da la fuerza para ser constructores de puentes, anunciadores de verdad, bálsamo para las heridas. La reconciliación está en el corazón de la vida cristiana. Es iniciativa propia de Dios en busca de nuestra amistad, que comporta la consigo la necesaria reconciliación con el hermano. Esta reconciliación fraterna presupone la reconciliación con Dios, fuente única de gracia y de perdón, que alcanza su expresión y realización en el sacramento de la penitencia que Dios nos regala a través de la Iglesia (DA 535).

Como pastores, sacerdotes de Cristo, estamos llamados a ser desde el sacrificio de Cristo, desde su sangre derramada, ministros, educadores y promotores de la reconciliación, de la comunión, esa que se construye en el darse y dar lo mejor de sí a favor de la fraternidad (dando la sangre en el día a día). Llamados a adquirir de forma permanente para Dios una Iglesia que sana y libera, que toca el corazón de las personas desde el anuncio de un misterio que nos deja con la boca abierta, maravillados de un amor tan grande del Padre que no se reserva  a su Hijo que derrama su sangre para la adquisición de una comunidad santa e inmaculada, liberada de todo temor y en amistad con el Dios de la vida. Todo ello es un don de Dios que llega a los fieles a través de lo sacerdotes, dispensadores de los misterios de la pascua, de los secretos revelados en Cristo. Es una nueva oportunidad para reavivar el don de la reconciliación que ha sido confiado a la Iglesia por el mismo Cristo y depositado en las manos y en el corazón de los pastores según su corazón.

Hagamos realidad el sacrificio y el poder de la Sangre de Cristo!!!

autor: Pbro. William G. Segura Sánchez.

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